Road Trip Morocco

Un road trip en familia por la costa Marroquí

Comenzamos el viaje un tanto accidentado. A la mañana, justo antes de salir, se enciende el piloto de cambio del filtro de gasoil de la furgoneta. Además, la batería empieza a fallar y tengo que arrancarla con un arrancador. Mierda.

Compramos un filtro nuevo y lo cambiamos, pero cada vez que arrancamos empieza a salir un rio de gasoil por todas partes. Finalmente conseguimos colocar el filtro medianamente bien y, ya tarde, salgo yo solo hacia Madrid. Pasaré allí la noche mientras Ane y Kai vuelan al día siguiente a Málaga.

Tengo un camping reservado en Aranjuez y voy justo de tiempo. Ya está anocheciendo cuando llego, con el depósito de gasoil sospechosamente vacío. Entro en la parcela y, al poco, me llaman de recepción: he dejado un charco enorme de gasoil en la entrada. Mierda otra vez. Varios campistas se acercan y me dicen que he ido dejando un rastro hasta la parcela. Apesta a gasoil. Ellos mismos se ofrecen a ayudarme y conseguimos colocar bien el filtro. Menos mal. Paso una noche heladora, a 2 grados y sin calefacción, totalmente vestido y tapado con un par de mantas. Es lo que tiene salir de vacaciones en febrero.

A la mañana siguiente, arrancando la furgo con el arrancador, pongo rumbo a Málaga para recoger a Ane y Kai en el aeropuerto. Les cuento la odisea y que, además, a la mañana me ha costado arrancar la furgoneta. Decidimos tirar hacia Conil y, con la ayuda de Coke, de It’s Only Water, intentar averiguar qué le pasa.

Llegamos a Conil con la furgo funcionando a medias. Unas veces arranca y otras no, hasta que le da la gana. Pasamos la tarde y la noche en una playa y, por la mañana, el mar amanece glassy, con unas olitas perfectas para el tablón. No dudo en darme un baño. Totalmente necesario. Revivo un poco.

Después de desayunar nos ponemos rumbo a casa de Coke, pero la furgo vuelve a negarse a arrancar. Al final es Coke quien viene a buscarnos. Intentamos arrancarla con su furgoneta, pero nada. Llamamos a la grúa y la llevamos al taller de un vecino suyo.

Las noticias no son buenas y nuestro viaje está a punto de quedarse en Conil. Entonces mi hermana me manda un vídeo de TikTok de un mexicano al que le ocurre exactamente lo mismo que a nosotros. El problema resulta ser el bombín de la llave.

Joder. Menos mal.

Al día siguiente vamos a Cádiz y, en dos días, nos cambian la pieza. 120 € y problema resuelto.

Ahora sí. Marruecos.

Teníamos reservado un alojamiento en Sidi Kaouki, pero después de que nos retrasaran el ferry dos días tuvimos que hacer prácticamente del tirón el trayecto desde Tánger hasta Essaouira.

Se hace de noche y necesitamos parar a dormir. En Park4Night encontramos un supuesto camping en un pueblo que no recuerdo ni cómo se llamaba. Llegamos y parece abandonado, pero enseguida aparece un señor en chilaba, con una hoguera encendida dentro de un barril y varios perros ladrando. No hay ninguna furgoneta.

Aquello no es un camping. Es un campamento okupado.

Ane no quiere entrar, pero no veo ninguna mala intención en el hombre. Le damos 20 dirhams y nos deja pasar la noche. La verdad es que dormimos bastante bien. A la mañana siguiente le damos las gracias y nos despedimos del señor de la chilaba para continuar hacia Essaouira.

Cinco largas horas después, por fin vemos el mar.

Qué alivio.

Kai está feliz en la playa y nosotros encontramos unas mini olas que saben a gloria. Es la segunda vez que estamos en esta zona y nos encanta. La playa está vacía y el paisaje es increíble. Con un poquito más de olas sería perfecto.

Pasamos un par de días allí, visitamos Essaouira y nos relajamos.

Viene maretón. Qué raro. No hay viaje a Marruecos que nos cuadre.

Teníamos previsto parar en varios pueblos de camino a Taghazout y, de todas formas, queríamos evitar Imsouane. Pero no queda otra. Yo tenía muchas ganas de surfear derechas con poca gente y acabamos, una vez más, en el circo de La Bahía. La ola es increible, pero todos sabemos cómo está Imsouane estos últimos años. Hacemos de tripas corazón y tratamos de disfrutar del pueblo. Ane y yo surfeamos a chandas, cogemos percebes y nos encontramos con amigos de Donosti. Dormimos en la parte alta del pueblo, justo antes de la bajada, y cada mañana nos despiertan unos amaneceres preciosos. Es una pena que un pueblo con tanto encanto se haya convertido en lo que es hoy.

Dejamos Imsouane atrás, aunque no por mucho tiempo.

El mar sigue grande, con olas de 2 a 3 metros, pero tenemos reservado un alojamiento en Taghazout y tenemos que bajar. Al llegar, las condiciones no acompañan y decidimos cambiar de plan. Nos vamos a Paradise Valley, un pequeño cañón con pozas y chiringuitos donde comer.

Se agradece muchísimo un poco de frescor y sombra. Además, la carretera entre los pueblos de montaña para llegar hasta allí nos encanta.

Allí nos encontramos con otros amigos de Oiartzun y Donosti y, hablando con ellos, decidimos que la mejor opción para surfear al día siguiente vuelve a ser Imsouane.

Parecía que habría una pequeña ventana de olas, bajando hasta 1,5–1,8 metros. Nos quedamos y recorremos toda la costa desde Taghazout hasta Boilers, pero acabamos parando en Desert Point, donde parece que está más asequible.

Entro con marea baja y surfeo un rato, aunque entra algún pepino que otro.

Por la noche quedamos a cenar con los amigos de Oiartzun y bajamos al paseo marítimo de Taghazout. Ha cambiado muchísimo desde la última vez que estuve allí, en 2018. Está mucho más cuidado y renovado.

No nos quedan muchos días antes de empezar a conducir otra vez hacia el norte. El día antes de salir entro en Banana Point. Ola facilona y agradable. Me lo paso bien, aunque con tanta gente en el pico resulta bastante difícil coger alguna.

Recogemos todo y empezamos otra vez la vuelta.

Coke, de It’s Only Water, nos recomienda parar en Asilah, un pequeño pueblo al sur de Tánger donde ha estado varias veces y donde tiene algunos amigos.

Al llegar hacemos una parada en la playa del pueblo. No hay nadie en el agua. Decido entrar con el 8 pies y encuentro unas olas de playa que, desde fuera, parecían mucho más pequeñas de lo que realmente eran.

Muy divertido. Y solo, que tampoco está mal.

Pasamos la noche en Asilah y al día siguiente tenemos que coger el ferry de vuelta a Algeciras.

Una amiga de Coke que tiene una tienda en Asilah nos recomienda una playa cerca del puerto desde donde sale el ferry. Nos dice que suele haber olas buenas para el tablón.

Vamos hacia allí.

No hay nadie en el agua y decidimos entrar. Primero yo y después Ane.

Estoy en el agua, Ane me está sacando algunas fotos, cuando escucho a unos hombres gritar desde la orilla. No hago demasiado caso y sigo surfeando.

Pero siguen gritando.

Los hombres no parecen muy contentos, así que finalmente me acerco a ellos para ver qué pasa. Me fijo en su vestimenta y entonces me doy cuenta de que son militares.

Me están pidiendo los pasaportes. El mío, el de Ane y el de Kai.

Dejo la tabla en la orilla y subo a la furgoneta a por ellos. Uno de los militares, bastante enfadado, me dice que si quiero seguir surfeando tengo que dejarle mi pasaporte y que me lo devolverá cuando salga del agua.

Alucino.

Ni en un millón de años le dejo mi pasaporte a dos horas de coger un ferry, en un país extranjero, y mucho menos por unas mini olas que estaba cogiendo.

Nada. Les digo adiós, me subo a la furgoneta, recogemos todo y nos vamos a coger el ferry.

Llevabamos años queriendo hacer un road trip por Marruecos y nos ha encantado. Además hacerlo con Kai ha sido un regalo. Él también se lo pasó en grande y un año más tarde sigue recordando este viaje (publico esto más de un año tarde) incluso el juguete que se compró en el mercado de Essaouira. Solo por eso este viaje ha merecido la pena, eso y que fuimos 3 y volvimos 4 🙂